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| El nombre de Enric Bernat, que acaba
de fallecer en Barcelona a los ochenta años, no es ni
será tan célebre como el de su invento: el Chupa Chups.
Hay nombres propios que han venido a enriquecer el
vocabulario, pero no es el caso de este catalán. De Charles
C. Boicot, administrador de las fincas de un inglés
en Irlanda en las que se negaron a trabajar los
irlandeses, nos llegó la voz boicot; al Marqués de
Sade y sus descripciones de escenas violentas le
debemos la palabra sadismo; en el austríaco Von
Sacher-Masoch, un autor que ha merecido más
atenciones de los psiquiatras que de los asiduos a la
buena literatura, se encuentra el origen de la expresión
masoquismo; por culpa de un personaje de comedia italiana
llamado Pantalone, que usaba calzones largos,
decimos pantalón; mientras que de Rocambole, que
en las novelas de Ponson du Terrail salía de una
aventura incomprensible para meterse en otra más
incomprensible, nos vino lo rocambolesco. Bernat no
denominó a su producto chupa-Enric o Bernat-chups, y eso
se paga con la celebridad del invento y el anonimato del
creador. Las grandes ideas suelen ser las más tontas. Incluso los hallazgos científicos admiten leyendas que conceden al azar más trascendencia de la que tiene. Es un lugar común creerse que Arquímedes descubrió en la bañera que el volumen de su cuerpo desplazaba el mismo volumen de agua, o que Newton entendió la ley de la gravedad al observar que una manzana caía y la Luna no. Bernat consumó el hallazgo de su vida en los años cincuenta, al ocurrírsele una graciosa tontería: la de ponerle un palito a un caramelo para que los niños, que acostumbraban a sacárselos de la boca, pudieran chupar sin pringarse. Eso era todo. Y uno, que ha conocido los tiempos en los que un Chupa Chups todavía costaba una peseta, no duda en brindarle en estas líneas un homenaje post-mortem al ocurrente inventor. |