|
|
| Dulce Chacón se escondió tras el
pseudónimo Hache cuando presentó al premio Azorín de
2000 una novela que tituló "Testimonio".
Estaba ambientada en un pueblo extremeño que era, en
realidad, una mezcla de Almendralejo y Zafra entre 1930 y
1942. Desarrollaba una historia familiar sobre trasfondo
convulso: la República, la guerra civil, los primeros
años de la posguerra. Hache no era pseudónimo casual;
era un homenaje a su padre, que firmaba así sus poemas.
El original lo recuerdo bien provocó
interés en la Comisión Lectora de la Diputación de
Alicante, cuyos miembros nos lo disputábamos animados
por los comentarios de quienes lo iban leyendo. Cuando en
la noche del 2 de marzo se desveló el fallo del jurado,
la autora anunció que la obra se titularía "Cielos
de barro". Me cuento entre los que piensan que es la
mejor novela que ha ganado un premio Azorín. He vuelto a ver los recortes de prensa de aquel acto y cuesta admitir que la sonrisa que aparecía en las fotos se haya quebrado ya, casi sin avisar. Al año siguiente de su triunfo coincidimos como componentes del jurado del mismo premio y tuve oportunidad de intercambiar impresiones con ella sobre "Cielos de barro". Supongo que lo que le dije influyó en que dejara escrita en mi ejemplar una emotiva dedicatoria. Luego, en la parte final de la deliberación, cuando quedaban dos novelas, Dulce puso voz a una página de "El secreto de la lejía", de Luisa Castro, que fue la que ganó, mientras que Fernando Schwartz leyó otra de "Luna rota", del venezolano afincado en Miami Benigno Dou, que la editorial Planeta aceptó publicar a petición del jurado. La entonación de Dulce concitó, cómo no, la atención del resto y provocó al acabar un silencio breve, muy elocuente. Yo diría que hasta mejoraba la página; entre otras cosas porque conversaba y leía en voz alta con la misma elegancia que cultivó al escribir. |