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| A doña Rita Barberá, temperamental
alcaldesa de Valencia, la han visto rodear con sus brazos
la Copa América de 2007. Le han hecho foto, incluso.
Doña Rita, en verdad, no se agarra a cualquier cosa, a
juzgar por el testimonio admirativo que se atribuye al
conductor del autocar que trasladó el trofeo del
aeropuerto a la plaza del Ayuntamiento: "Menudo
copón". Y es que el tamaño, se diga lo que se
diga, impone. La alcaldesa, a quien nada se le resiste,
consiguió que se estremeciera hasta el mapamundi cuando
aseguró que Valencia así lo reproduce un diario
de la ciudad se ha convertido "en el puerto
deportivo más importante de los cuatro
continentes", sin importarle en demasía que los
continentes sigan siendo cinco, salvo que se haya hundido
uno a última hora y a este columnista le haya pillado en
el aseo con el calzón bajado y en menester
reservadísimo. Por las imágenes de Camps, Barberá y el ministro Costa alborozados, como cuando toca el gordo navideño, por el estruendo armado, la euforia desatada en torno al copón parece de ley. Se equipara la trascendencia de esta competición a la que tiene un Mundial de Fútbol o una Olimpiada. Tal vez suene exagerado, pero amén. Otra cosa es que los profanos en la materia, los que no lucimos porte de lobos marineros ni entendemos de náutica, asistamos callados al notición, sin atrevernos a opinar con tal de no meter la pata. Se dice que el acontecimiento provocará inversiones, mejora de infraestructuras, turistas generosos, diez mil puestos de trabajo y más de mil millones de euros. Si además de prueba deportiva es todo eso, bienvenidas sean las regatas y enhorabuena a Valencia. Al gentío desde luego sea valenciano, andaluz o aragonés se le ve contento. Y eso que hace unos días nueve de cada diez españoles, o tal vez más, no teníamos ni idea de qué invento era ese de la Copa América. |