Tertulias monárquicas

JOSÉ FERRÁNDIZ LOZANO [www.joseferrandiz.com]

18 noviembre 2003

A Salvador Dalí lo presentó Soler Serrano en una entrevista televisada como perverso, polimorfo, anarquista, surrealista, excelso, divino, déspota, delirante, ávido de dólares.
—Y monárquico –añadió el propio Dalí.
—Iba a decirlo. Iba a decir que ante todas las cosas, usted se pronuncia desde siempre como monárquico.
—Pero no políticamente.
—¿Entonces?
—Metafísicamente. Para mí la monarquía es el ejemplo de la validez del ácido desoxirribonucleico, o sea que desde la primera célula viviente hasta la última, todo se ha ido transmitiendo genéticamente, pero no políticamente.
Dalí no dijo más, pero puede que en ese interés por la transmisión genética resida el éxito de toda monarquía como tema de conversación. Al pueblo parece que le interesan menos los efectos políticos que las historias familiares. Las dinastías registran no pocos líos de familia, y los líos de familias son la especialidad de las tertulias ibéricas. No acabamos de enterarnos de si este país se siente monárquico o no, pero sabemos que sigue con atención los parentescos de la realeza. El estado de excitación que es capaz de provocar un acontecimiento como el anuncio de boda entre el Príncipe Felipe y Letizia Ortiz es incontrolado. Y, desde luego, es el pretexto para desenterrar genealogías, interpretaciones de la Constitución o pragmáticas de dudosa vigencia que aconsejan no mezclar sangre real con plebeya, si se aspira a reinar. Un estudio sobre el título segundo de la Constitución, el de la Corona, difícilmente alcanzará la difusión que sí conseguirán los libros –mucho más divertidos, todo hay que decirlo– sobre noviazgos reales, casamientos, bastardos o renuncias a derechos dinásticos.