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| Se llamaba Charles Cunningham Boycott,
era capitán y fue el primer boicoteado de la historia en
el sentido moderno de la palabra. Administrador de las
fincas de un inglés el conde de Erne en
Irlanda, Boycott fue víctima de las directrices que daba
el orador Parnell a los irlandeses, a los que
pedía que no trabajaran tierras de propietarios ingleses
como medida de presión al Parlamento británico para que
modificara la Liga Agraria. La indiferencia de los
irlandeses hacia el administrador, a quien desde entonces
ignoraron para cualquier cosa, obligó a éste a regresar
a Inglaterra. De Boycott, seguramente, se acordarían muy
pocos de no haber legado con su apellido esa palabra
universal. He leído que hay quien invita a boicotear los productos que se anuncian en los programas de telebasura. Se trata de una propuesta que persigue dignificar la televisión y, de rebote, una sociedad pendiente de la pantalla. Sospecho que semejante boicot tropieza con dificultades. ¿Cómo sabremos, los que no frecuentamos la telebasura, qué productos hay que dejar de adquirir? ¿Hasta qué punto los que disfrutan del género, que son más, están dispuestos a consentir que falten anunciantes y se ponga cierre a sus programas de referencia? La regeneración televisiva no vendrá de directivos y socios, que actúan al olor del negocio, ni de los espectadores, especie muy permisiva. La solución acaso sea posible si el anunciante, cada anunciante, se anima; no por temor al boicot de sus consumidores sino por su capacidad de boicotear la telebasura. Merecedora de aplauso es la decisión de tres marcas comerciales Hankel Ibérica, Matutano, Pascual de retirar su publicidad de "Gran Hermano" y "Aquí hay tomate". Todo es cuestión de libertades; y en determinados casos la libertad de programar no es más sagrada que la del boicoteo. |