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| Letizia Ortiz le regaló al Príncipe "una joya literaria"; una edición decimonónica de un libro de Larra que por la descripción que hizo en la pedida de mano historia caballeresca debe ser "El doncel de don Enrique el Doliente", única novela del periodista. Su valor para bibliófilos está fuera de duda, pero los conocedores de Larra andan, a buen seguro, admirados de que esta novela pase por "joya literaria". Los críticos siempre han dicho que Larra, de no ser por sus artículos, no hubiera alcanzado el lugar preferente que ocupa en la historia de las letras. Con todo, no sería extraño que "El doncel de don Enrique el Doliente", cuya primera edición se publicó en 1834, obtenga de pronto las atenciones que se le han negado hasta ahora. A Larra, que en 1837, a los veintisiete años, se atinó un pistoletazo por la derecha entre oreja y sien, tuvieron que recuperarlo a principios del siglo veinte los jóvenes de la generación del 98 que se fueron enlutados, con sombreros altos y ramos de violetas al cementerio madrileño de San Nicolás, a leer discursos sobre su tumba, según contó uno de ellos, José Martínez Ruiz, en "La voluntad". Cabe, pues, la posibilidad de que a partir de hoy alguien se interese por el Larra menos leído y difundido, gracias a Letizia. El efectismo mediático es más eficaz, a veces, que los esfuerzos de educadores. Un día inauguró Juan Carlos I la Feria del Libro, compró "La historia interminable", de M. Ende, y se desataron las ventas de ese mismo título en España. Otro día Felipe González, en sus tiempos de presidente del gobierno, declaró que leía "Memorias de Adriano", de Marguerite Yourcenar, y el libro se volvió éxito de ventas. Hasta Clinton, como presidente de Estados Unidos, le echó una mano a Pérez-Reverte al reconocer su gusto por "El maestro de esgrima", que se aupó a los primeros puestos en las listas de los "best-sellers". |