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| El deseo de fama en la especie humana
y no digamos ya en la especie hispana es tan
elevado que quien puede no duda en tomarla prestada.
Normalmente, en torno a un famoso siempre hay famosos
colaterales. Unos queriendo y otros por accidente,
alcanzan su popularidad por cercanía. Ocurre estos días
con Letizia Ortiz. Letizia con zeta, por descuido
del funcionario que le inscribió en el Registro Civil,
que por ser procedente de Italia, se ha dicho, anotó el
nombre como en su país. El caso es que estamos
descubriendo a una legión de colaterales que salen en
los medios por haberse cruzado en alguna ocasión con la
novia del Príncipe. Los hay que recuerdan que han
trabajado con ella, o que subrayan su condición de
vecinos, o que revelan que Letizia estuvo en la comunión
de un familiar. Ese deseo de gloria a costa de la fama
ajena no es del todo nuevo. Ahora están muy de moda, sin
ir más lejos, las chicas cargadas de silicona que acuden
a calentar fiestas de futbolistas y luego posan en la
portada de una revista. Y no es eso todo. Cuando la
alegría colateral se desborda llega hasta los colegios.
De hecho, hemos visto uno que ha celebrado los tiempos en
que Letizia estudió en sus aulas. Y es que lo de los colegios suele ocurrir con frecuencia, sobre todo en provincias. El nombramiento de un ministro, por citar ejemplo, viene a ser un pretexto muy del agrado para el profesorado del centro donde se educó. No está de más traer a la memoria que hubo un colegio privado de Alicante que al convertirse Mario Conde en presidente de Banesto, noticia muy ensalzada por medios de comunicación, hizo saber a la prensa que el banquero fue alumno suyo. Nadie del mismo centro se aventuró a recordarlo años después, cuando Conde ingresó en la cárcel. La propaganda a costa de otro, como la fama colateral, es así de injusta. |