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| Pepe Carvalho, el detective creado por Vázquez Montalban que protagoniza parte de sus novelas, quema libros. Pero sólo los que no le gustan. La argucia no es original porque ya la usó Cervantes en el capítulo VI del Quijote para inmortalizar sus opiniones sobre novelas de caballería. Cervantes legó sus críticas personales valiéndose de dos personajes, el cura y el barbero, que consumaron el severo escrutinio de la biblioteca que volvió loco a Alfonso Quijano. Salvaban algunos ejemplares y condenaban otros a la hoguera, no sin dictarles sentencia con comentarios sagaces. Quemar libros en la ficción puede llegar a ser un acto tolerable, sobre todo si no pasa de ser un ejercicio de crítica literaria. Cervantes y Vázquez Montalbán quizá sean la antítesis del autor de "El lazarillo de Tormes", que citó a Plinio para recordar que no hay libro, por malo que sea, que no tenga cosa buena. Hay otras ficciones, en cambio, más inquietantes. La del "Farenheit 451" de Ray Bradbury, donde los bomberos se encargan de incendiar libros para evitar que sean leídos, es una de ellas. El ánimo censor de esta ficción no tiene nada que ver con la maldad crítica maldad que en algunos momentos es incluso amable del cura y barbero cervantinos y de Pepe Carvalho. Curiosamente, los bomberos de Bradbury son más reales. Libros prendidos con ánimo censor, destruidos a llama viva para evitar la libertad de pensamiento, los ha visto la Historia en diversas ocasiones. La Inquisición quemó libros; los nazis quemaron libros. A muchos seguramente les aterran estos episodios, pero raramente se cae en la cuenta de que no hace falta enviar los libros a una fogatina para desdeñarlos. Basta con no leerlos; si bien un ejemplar olvidado siempre podrá caer en otras manos y un libro reducido a cenizas no. |