En 1929 Azorín
reivindicó la máquina de escribir como herramienta
esencial. "Escribo a máquina; escribid a
máquina", aconsejó. "En 1950 no escribirá
nadie a mano, y, sin embargo, la literatura continuará
en el mismo nivel que ahora, dando, como al presente,
obras magníficas y obrejas desdeñables". Lo que
para Azorín, que poseía una Underwood, venía a ser
entonces un recurso ligado a la modernidad es hoy, apenas
tres cuartos de siglo después, una reliquia romántica.
Ya no se oye el tecleo de aquellas máquinas negras que
ahora venden los anticuarios, ni el golpe de rodillo al
colocar o sacar el papel. Sustituido por el contacto
suave de las yemas de los dedos sobre el teclado del
ordenador, aquel rumor ha desaparecido, salvo en el caso
de algunos reticentes que se resisten al progreso
informático. Para generaciones más jóvenes es un rumor
desconocido, ajeno, innecesario. Y sin embargo durante
décadas las facturas más caras, los escritos
comerciales, el mejor periodismo y la mejor literatura
han pasado por máquinas de escribir. Hemingway
manejaba una Royal americana, al igual que Julio
Cortázar "Vuelvo a mi fiel Royal, que
conoce mis gustos y se presta dócilmente al tren
acelerado de mis dedos", decía por carta en
1939, al igual que García Márquez cuando
escribió "Cien años de soledad". A la
mecanografía se deben también las mejores erratas. Se
cuenta que un escritor dictó a su secretaria un texto en
el que aludía al arca de Noé. Sin pretenderlo, pero
también sin advertirlo, la veloz ayudante pulsó
"el arpa de Noé", desliz que descubrió en la
imprenta un tipógrafo de admirable cultura bíblica.
"¿El arpa de Noé?", desconfió. "¡No
puede ser! El arpa no era de Noé, era de David". Y
así lo corrigió para escarnio del autor que, sin
comerlo ni beberlo, vio convertida su arca de Noé en
arpa de David. |