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| Para ejercer de español normal y formar parte de los fenómenos sociológicos de septiembre, ando resuelto a tomar una decisión. ¿Me quedo todas las colecciones de quiosco que anuncian por televisión o selecciono? Las ventajas de echarse al monte y suscribirse a todo lo que se pone a tiro son evidentes. Cualquiera que ceda a la fiebre coleccionista ganará en variedad. Podrá usar estilográficas distintas cada día o especializarlas: una para firmar contratos, otra para la bonoloto, otra para cheques, otra para apuntar direcciones. Podrá, además, hacerse aire con el abanico que mejor combine con el vestuario, vacilar ante parientes y vecinos más próximos con la estupenda colección de dedales, exhibir en la vitrina los modelos más destacados de cascos que han existido en la historia todo sea por el afán de instruir a las visitas sobre cómo ha conseguido la especie salvar la cabeza hasta la fecha, podrá chapurrear idiomas, dar gato por liebre en las bodas con un registro elevado de bisutería a elegir, acudir puntual a la cita que se tercie valiéndose de uno de los relojes de pulsera que cada quincena o cada semana, no sé puede adquirirse por pocos euros. Podrá saltar en sus lecturas de un libro de Saramago a otro de Isabel Allende y dejar ya de lado los que salieron de Paulo Coelho hace dos años, podrá avivar sus neuronas con multitud de juegos de ingenio en los ratos libres, cambiarle el vestido a una réplica de Mariquita Pérez, acumular tazas y hasta ponerse una película en el DVD antes de acostarse, aunque en este caso no será tarea fácil decidir si se recurre a la colección de cine de suspense, a la de acción o a la de clásicos del Oeste, que se venden por separado. Como encima tendrá estilográficas de sobra, podrá incluso reservarse una para firmar el préstamo hipotecario que le permita comprar una casa más grande donde le quepan cascos, abanicos, libros, películas, bisutería, tazas, trapitos para la Mariquita y lo que toque coleccionar en años venideros. |