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| Mentar el nombre de la alemana Leni
Riefenstahl, que ha muerto a los ciento y un años,
es como mentar el nombre del diablo. No en vano, hubo
quien le denominó "la directora del diablo"
por sus documentales de propaganda nazi y su amistad con Hitler,
a quien conoció en 1932 tras escribirle una carta
reconociendo admiración y su deseo de saludarlo.
Riefenstahl, para entendernos, fue al Tercer Reich lo que
cualquier televisión pública es a los dictadores. Del
jefe nazi decía que embrujaba a la gente: "He visto
a muchos que estaban en contra de Hitler, pero cuando
hablaban con él se entusiasmaban". Sin embargo, desde el punto de vista técnico, sus documentales sobre el congreso del partido nazi en Nuremberg, en 1934, y su conocida película "Olimpíada" sobre los juegos olímpicos celebrados en Berlín en 1936 no pasan desapercibidos para los especialistas del séptimo arte. Riefenstahl, por tanto, puede ser ese excelente punto de partida para cualquier debate improvisado sobre si son necesarias o prescindibles las relaciones entre arte y ética. Sospecho que el perfil de cada discutidor o discutidora decantará la respuesta hacia un lado u otro, pero es obvio que su talento tomando prestado el título que la historiadora Nuria Sadurní dio a un artículo que publicó hace poco más de un año, cuando la Reifenstahl alcanzaba el centenario fue un talento a la sombra de la esvástica. Y esa es una cruz, gamada, de la que será difícil desconectar su personalidad, incluso muerta. Su grado de implicación con el Tercer Reich fue tan visible que será difícil disculparla. El fin no siempre justifica los medios. Su incuestionable aspiración artística no justifica, por ejemplo, que aceptara utilizar gitanos de un campo de concentración para filmar su película "Tiefland". |