Serrano Suñer

JOSÉ FERRÁNDIZ LOZANO [www.joseferrandiz.com]

6 septiembre 2003

Sólo estuve con Serrano Suñer una vez. Fue en su domicilio de la calle Príncipe de Vergara de Madrid. Durante tres horas permanecimos sentados en su despacho-biblioteca, una biblioteca que se prolongaba por los pasillos. Como era al atardecer, en mayo de 1990, la luz diurna que se colaba por las ventanas se iba apagando. Sólo cuando estábamos en penumbra y yo apenas veía para tomar notas de la entrevista a la que le sometía (aunque también la estaba grabando) se me ocurrió avisarle: "Don Ramón, ¿podría encender la luz?". Serrano Suñer estaba inmerso contando sus experiencias políticas. Por un momento llegué a creerme en el vagón del tren de Hendaya en el que se vieron Hitler y Franco en presencia de sus ministros de asuntos exteriores (Von Ribbentrop y él) y dos intérpretes para decidir si España entraba en guerra. Medio siglo después, a Serrano Suñer le bastaban dos sillones para escenificar aquel encuentro y regresar a 1940. Se pasaba de un sillón a otro interpretando a distintos protagonistas. El motivo de mi entrevista era, en cambio, su relación con Azorín, de quien fue albacea testamentario y del que se iban a trasladar sus restos a Monóvar, pero constantemente se desviaba a la cita de Hendaya y a otros encuentros diplomáticos con la Alemania nazi, episodios que había abordado en sus memorias. Aunque trataba de reconducirle, no tardé en darme cuenta de que Serrano Suñer seguía viviendo en aquel vagón de Hendaya, en sus recuerdos de unos años en los que fue un todopoderoso del régimen de su cuñado Franco. Tras su fallecimiento cerca de cumplir 102 años, uno no sabe si su escenificación era fiable o no fue más que su ficción interesada. Historiadores de distinto signo dudan, de hecho, de muchos de sus testimonios. Javier Tussell le consideró un fabulador de su pasado y Ricardo de la Cierva escribió hace días que "como testigo de la historia hay que tomarlo con bastante precaución".