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| Asistí, un año más, a la representación
del Tratado de Almizrra, firmado en 1244 en la actual
Campo de Mirra. Los hechos son conocidos. Las Coronas de
Aragón y Castilla estaban al borde de una guerra por
disputas territoriales y convocaron una especie de cumbre
diplomática a la que asistieron el rey Jaime I el
Conquistador que dictó su versión del
encuentro en su "Llibre dels feits" y el
infante Alfonso, futuro Alfonso X el Sabio, hijo
del rey castellano Fernando III. De aquellas
negociaciones salió el texto que fijaba una frontera
entre ambos reinos al sur del Júcar, dejando apaciguados
los ánimos de unos y otros. Por ese motivo, desde el
"Patronat del Tractat dAlmirra",
organizador del evento, se acostumbra a repetir que esta
escenificación es algo más que teatro, que es un
ejemplo de que la paz es posible hasta en momentos
difíciles. Visto así, el Tratado de Almizra sería una
suerte de lección a tener en cuenta, especialmente en
estos siglos nuestros donde una de las distracciones
humanas que no ha pasado de moda es la guerra. Naturalmente una interpretación tan benévola de la diplomacia no deja de ser utópica. Sería deseable que, en la práctica, la diplomacia fuese así, pero la historia nos enseña que a la paz no siempre se llega en igualdad de condiciones; muy a menudo la impone el negociador más fuerte. Actualicemos la reflexión. Si pensamos en la riqueza petrolífera de Iraq y dudamos de las coartadas que la propaganda de los invasores tejió para justificar la guerra pongamos por caso las armas químicas que no aparecen y amenazaban la seguridad mundial nos resultará más fácil entender la ironía, todavía vigente, que acreditaba Mark Twain, un estadounidense mucho más cultivado que Bush, en 1897: "La historia dice que siempre que un pueblo débil e ignorante posee algo que un pueblo culto y fuerte desea tiene que cedérselo pacíficamente". |