Dos tipos de paz

JOSÉ FERRÁNDIZ LOZANO [www.joseferrandiz.com]

29 agosto 2003

Asistí, un año más, a la representación del Tratado de Almizrra, firmado en 1244 en la actual Campo de Mirra. Los hechos son conocidos. Las Coronas de Aragón y Castilla estaban al borde de una guerra por disputas territoriales y convocaron una especie de cumbre diplomática a la que asistieron el rey Jaime I el Conquistador –que dictó su versión del encuentro en su "Llibre dels feits"– y el infante Alfonso, futuro Alfonso X el Sabio, hijo del rey castellano Fernando III. De aquellas negociaciones salió el texto que fijaba una frontera entre ambos reinos al sur del Júcar, dejando apaciguados los ánimos de unos y otros. Por ese motivo, desde el "Patronat del Tractat d’Almirra", organizador del evento, se acostumbra a repetir que esta escenificación es algo más que teatro, que es un ejemplo de que la paz es posible hasta en momentos difíciles. Visto así, el Tratado de Almizra sería una suerte de lección a tener en cuenta, especialmente en estos siglos nuestros donde una de las distracciones humanas que no ha pasado de moda es la guerra.

Naturalmente una interpretación tan benévola de la diplomacia no deja de ser utópica. Sería deseable que, en la práctica, la diplomacia fuese así, pero la historia nos enseña que a la paz no siempre se llega en igualdad de condiciones; muy a menudo la impone el negociador más fuerte. Actualicemos la reflexión. Si pensamos en la riqueza petrolífera de Iraq y dudamos de las coartadas que la propaganda de los invasores tejió para justificar la guerra –pongamos por caso las armas químicas que no aparecen y amenazaban la seguridad mundial– nos resultará más fácil entender la ironía, todavía vigente, que acreditaba Mark Twain, un estadounidense mucho más cultivado que Bush, en 1897: "La historia dice que siempre que un pueblo débil e ignorante posee algo que un pueblo culto y fuerte desea tiene que cedérselo pacíficamente".