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| En una de sus películas, Groucho Marx ponía
a prueba a cierta dama con una pregunta muy indiscreta.
"Oiga, señorita, ¿usted se acostaría conmigo por
un millón de dólares?". "Pues claro", le
hizo saber la interrogada, sin que le asomara ningún
temblor de duda al declarar su disponibilidad. "Y
¿por un dólar?", parecía regatear el interesado.
"¡Claro que no!", respondió la mujer
claramente ofendida. "¿Por quién me ha tomado?",
protestó airada. "Eso ya ha quedado claro, ahora
sólo estamos discutiendo el precio", remató el
humorista. Y es que Groucho no se cansó de presentar al
dinero como una de las grandes debilidades humanas:
"¡Hay tantas cosas en la vida más importantes que
el dinero! ¡Pero cuestan tanto!", llegó a decir en
otra ocasión. Algo de esa filosofía parecen cultivar los políticos municipales que cada cuatro años, cuando se constituyen los consistorios, repiten un curioso ritual al que le dan prioridad: el de discutir su propio precio, el de asignarle salario a sus servicios, lo que en su caso suele concluir con espectaculares aumentos de sueldo. Los porcentajes que se barajan -hemos visto que hay quien se lo sube el cincuenta por ciento y hay quien se lo duplica- son mucho más elevados que los aumentos del IPC General o los que figuran en cualquier convenio laboral. El milagro tiene explicación: alcaldes y concejales son los únicos españoles que cuentan con el privilegio de decidir sus propios emolumentos, sin tener que negociarlos con ninguna patronal ni representación de quien los paga, que somos los contribuyentes. Todo un hallazgo no regulado por ley que no viene más que a demostrar la irrealidad salarial en la que viven nuestras autoridades. A este paso, la política no va a ser más que una opción de mejora laboral y económica para muchos de sus practicantes. Acaso ya lo sea. Acaso lo ha sido siempre. |