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| Desde que el mundo es mundo no han faltado
agoreros con ansias de certificar su fin. El último de
ellos lo anuncia para 2006; así que es hora de poner en
orden los últimos deseos. Se vale este agorero de unos
supuestos códigos secretos que contiene la Biblia y que
asegura haber descifrado. Según su teoría, en ellos
figuran no pocos acontecimientos mundiales, incluido el
estropicio de las Torres Gemelas. Por lo pronto, el
inminente fin del mundo está reportando a este
Nostradamus a la moderna interesantes beneficios con las
ventas de un libro traducido a varios idiomas. Sospecho que no hay nadie, por ahora, en condiciones de desmentir su vaticinio; entre otras cosas porque a los adivinos, profetas y similares sólo los ridiculiza el tiempo. De hecho, semejante exégeta cuyo nombre omito para evitar cualquier publicidad sólo ha podido ligar los códigos secretos con sucesos a toro pasado. Cierto que sostiene que vio venir el asesinato del que fue presidente israelí Isaac Rabin y que se atribuye la predicción del atentado a las Torres Gemelas. Lo malo es que ambas cosas las ha contado después. Hubiera sido interesante, por ejemplo, que el atentado a las torres constara en 1997, cuando se publicó una primera versión de sus conclusiones, pero parece ser que en aquellas páginas no ponía nada. En realidad, la única visión futura que parece dominar este estadounidense es la del marketing: la de saber que el género apocalíptico, una de las formas clásicas de sensacionalismo, puede alegrar su cuenta corriente. Sin duda, profetizar un fin del mundo para dentro de seis meses acortaría el tiempo de venta de la obra. Plantear el apocalipsis para dentro de tres años parece, en cambio, más razonable. Para el 2006 los derechos de autor cobrados serán notables. Y si el mundo no se acaba, ya habrá ocasión para explicar su error. Lo bueno de errar como profeta es que no hay ley que obligue a devolver el dinero a los consumidores. |