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| Leo en una página de internet dedicada al consumo que llevar una vida satisfactoria depende más de las habilidades emocionales que de las intelectuales. Lo leo con satisfacción porque la primera emoción que siento es que las habilidades intelectuales no sirven para mucho. Hace un tiempo una joven profesora "asociada" a seis horas de una importante universidad española me confesaba que en este país obtener el título de doctor estaba muy bien mirado pero no aseguraba nada. La joven doctora se había pasado años centrada en su actividad académica y se hallaba, sin embargo, bajo efectos emocionales poco gratificantes y escasamente remunerados. En realidad, no era un caso raro. Un intelectual, si se lo toma demasiado en serio, puede llegar a atormentarse con facilidad, seguramente por culpa de su vanidad. El intelectual cree en sus posibilidades, en su posición privilegiada respecto al resto de los mortales, está seguro de que se da cuenta de cosas que la masa no percibe, da por hecho de que su visión del mundo es más rica por estar considerablemente más documentada. Por eso no entiende el escaso interés que muestran los demás por sus habilidades. Si además se dedica a la filosofía pura las posibilidades de que se trate de un caso perdido aumentan. Ser intelectual es una de las maneras más seguras de ser infeliz, de ir resentido por ahí, desmereciendo a diestro y siniestro en privado, quejándose de lo imperfecta que es la sociedad. La prueba de que todo esto es cierto es que los intelectuales sólo conocen la felicidad cuando se les halaga, es decir, cuando se les activan las emociones, pues aunque muchos de ustedes no lo crean a todo personaje del intelecto que se le da un poco de coba bien venga esa coba de un colega autorizado o de un profano le sube la emoción. Visto así, puede que tenga razón esa página de internet que insiste en que la satisfacción personal se apoya más en la inteligencia emocional que en la otra. |