|
|
| Se condena con excesivo desparpajo la
rebeldía. Y sin embargo la rebeldía puede ser, en
determinados casos, una de las actitudes más excitantes.
Sin rebeldía no hay revisión de las cosas; sólo
conformismo, convenciones inamovibles. El mundo lo
cambian los rebeldes. Los partidos políticos españoles conservan una desmedida obsesión por mantenerse anticuados, imponiendo la fuerza de la disciplina sobre la opinión libre y el debate. En la comarca de LAlacantí hemos asistido a un ejemplo con la elección de los diputados provinciales que correspondían al PSPV, donde veintinueve ediles votaron una candidatura alternativa a la que quería la dirección regional. En realidad, estos concejales se han opuesto a la oligarquía interna y eso ya debería salvarles de cualquier maledicencia externa. Cierto que los intereses de un partido se sostienen mejor con uniformidad que con quiebra. Pero una cosa es luchar por esa uniformidad con coherencia y otra imponerla sin más, exigiendo el entreguismo de sus militantes. A un partido debería hacerlo rico el debate y la participación; un militante de base, un concejal, no es menos partido que un dirigente. Por eso confieso mis simpatías por todos esos rebeldes que han hecho valer su criterio en una votación, no aceptando una imposición que no pretendía más que utilizarles para un trámite. Todos sabemos que los partidos políticos, internamente, padecen de grave déficit democrático, que las decisiones las toman unos pocos, y que esos pocos aspiran a controlar los comportamientos con el tradicional ordeno y mando. Se trata, en suma, de una oligarquía que señala a dedo quién va en lugar preferente de la lista electoral o quién ostentará los cargos públicos de mayor remuneración. Las oligarquías siempre tienden a falsear la democracia por una sencilla razón: aceptarla, promover que en las decisiones participen muchas más personas, supone una renuncia a sus privilegios. |