Mi admirado tocayo

JOSÉ FERRÁNDIZ LOZANO [www.joseferrandiz.com]

19 junio 2003

Cuando empecé a publicar columnas en los diarios, allá por 1985, tuve que tomar una decisión: la de firmar con mis dos apellidos a fin de distinguir mi identidad de la de José Ferrándiz Casares, que por entonces era ya un veterano de la prensa alicantina. Todavía no le conocía personalmente, pero no hay duda de que nuestra condición de tocayos y los cuarenta y tres años que me llevaba fue determinante en nuestra posterior amistad. De hecho, muchas veces nos contábamos anécdotas que nos pasaban, hasta el punto de que una de las cosas que más veces teníamos que desmentir, cada cual por su lado, era su apócrifa paternidad. No han sido pocos los que al conocerme me han preguntado si yo era hijo de Ferrándiz Casares. Otros ni siquiera me lo preguntaban: lo daban por hecho. Y algo similar le pasaba a él, me contaba. Por eso cuando en 1992 coincidimos como presentadores del libro "Breve historia del Ateneo", de Vicente Ramos, aproveché para manifestar en público que a pesar de la familiaridad que manteníamos no éramos ni siquiera parientes, aunque sí amigos. Y es que los equívocos se colaban con frecuencia. Recuerdo que cuando Pepe Ferrándiz salió elegido presidente del Ateneo fue entrevistado por Tirso Marín para "La verdad", siendo el redactor traicionado por su subconsciente a mitad de artículo, pues a algunas de las declaraciones entrecomilladas del nuevo presidente igual le añadía eso de "según declara Ferrándiz Casares" que "según dice Ferrándiz Lozano". Y luego estaban los gajes del oficio, los duendes de las linotipias. La costumbre periodística de acompañar los artículos de opinión con la foto de su autor ha deparado que, al menos en dos ocasiones, un artículo firmado por mí apareciese con la foto de Ferrándiz Casares. Así que no les será difícil comprender que, aunque no era mi padre, yo me he quedado un poco huérfano con la pérdida de este gran amigo con el que tantas anécdotas compartí.