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| Al revisar las listas de autores invitados a
firmar sus últimos títulos en las ferias del libro de
varias ciudades, uno empieza a sospechar que es probable
que este país presente la mayor densidad de escritores
por metro cuadrado. Y claro, las consecuencias son
dispares: los hay que arrasan y provocan colas
respetables y los hay que se pasan la tarde viendo pasar
a los lectores de largo que, como mucho, curiosean de
reojo al firmante en potencia. A veces éstos también
consiguen dedicar un ejemplar, sintiéndose en plenitud,
pero no habría que hacerse excesivas ilusiones: ésta es
una parte del mundo en la que se solicitan autógrafos
hasta a Pocholo y a Yola Berrocal. Uno que sí tuvo un éxito clamoroso en una Feria del libro de Madrid fue el argentino Borges. Si no recuerdo mal, fue cuando se publicó su poemario "La cifra" en los años ochenta. Dada su ceguera, se le ponía el libro delante, abierto por la página oportuna, y él dejaba escrita la anotación. Pero como el hombre se puso ese día cabalístico y compartía con Dante su pasión por el número "tres", se plantó cuando llegó a firmar 333 libros, ni uno más ni uno menos, dejando compuesta y sin dedicatoria a toda una cola de compradores. Cierto que Borges sobrado en autógrafos estaba ya muy mayor y no podía exigírsele más, pero no hay duda de que consiguió herir el fetichismo de sus devotos. Tal vez tuvieron suerte sin saberlo, como quizá la tengan todos los que se queden sin obtener la dedicatoria de un autor consagrado o, al menos, popular. Él mismo Borges lo había avisado mucho antes: "He firmado tantos ejemplares de mis libros que el día que me muera va a tener gran valor uno que no la lleva. Estoy convencido de que algunos la borrarán para que el libro no se venda tan barato". Aunque ciego, era otra manera de ver las cosas. |