Objetivo: el Everest

JOSÉ FERRÁNDIZ LOZANO [www.joseferrandiz.com]

2 junio 2003

Hace tres años cayeron en mis manos dos libros impensables para mis gustos. El primero, "Los fantasmas del Everest", relataba la expedición organizada en 1999 para encontrar y rescatar el cadáver de George Mallory, mítico montañero que junto a A. Irvine emprendió un amanecer de junio de 1924 la última etapa para alcanzar la cumbre más alta del planeta. Más abajo, otro compañero filmaba el ascenso de ambos hasta que no fueron más que dos puntitos sobre la nieve que entraron en la niebla. No se supo más de ellos, quedando en duda si llegaron o no. La historia de Mallory, muy conocida por los montañeros pero desconocida para mí, me pareció conmovedora. Ante un periodista que le preguntó por qué quería subir al Everest reaccionó con una respuesta sencilla: "Porque está ahí". Pero lo que más me conmovió fue su intención de dejar en la cima una foto de su esposa Ruth. La expedición del 99 recuperó su cadáver congelado en una pendiente, tendido boca abajo tras una caída. Recogieron cuantas cosas llevaba: cartas, cerillas, sus gafas, una navaja, una lata, el reloj, papeles con notas, pero ninguna foto de Ruth. ¿Se cayó antes de llegar a la cumbre o al bajar? Ese es un misterio sin esclarecer. Semanas después de leer este libro, descubrí escarbando en el montón de volúmenes en rebajas de unos grandes almacenes un ejemplar en rústica de "Ascensión al Everest", donde se narraba otra expedición, la que hace medio siglo llevó al neozelandés Edmund Hillary y al sherpa Tenzing Norgay a la cumbre el 29 de mayo de 1953, entrando en la historia como los primeros en conseguirlo. Muchas veces me pregunto qué es lo que incita a los escaladores a conquistar el pico más alto para estar sólo un rato y bajar, a diferencia del resto de humanos que aspira a conquistar cualquier cima –pongamos por caso la del poder– para mantenerse en ella, aun a sabiendas de que uno no puede decir que ha llegado a su cumbre hasta que empieza a descender.