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| Considerémoslo con paciencia. Los éxitos
electorales del popular Ruiz Gallardón en las
municipales de Madrid y del socialista José Bono
en las autonómicas de Castilla-La Mancha ponen en
evidencia a Zapatero y a Aznar. Sus
respectivas apuestas para oponerse a ellos por Trinidad
Jiménez y el hijo de Adolfo Suárez prueban
la desorientación que a veces exhiben los dirigentes
políticos. Quizá sea ésta una de las lecturas más
estimulantes que puedan intentarse sobre las recientes
elecciones. Aznar le opuso a Bono político cuajado, con tirón un inexperto que no presentaba más bagaje que su apellido y su atrevimiento. Zapatero, por su parte, no miró más allá de su ejecutiva federal y apostó por Trini en Madrid, a quien le faltaba el cartel que exige la plaza y le sobraban los ripios que le dedicó Sabina: "Qué gallarda la Jiménez/ que gallardín Gallardón". Ni el hijo de Suárez ni Trinidad Jiménez han podido con dos políticos que se salen del perfil que predomina por ahí. Ruiz Gallardón es un político ilustrado y tolerante que da una imagen muy distinta de los charlatanes típicos; pero curiosamente no entraba en las quinielas de los mejor colocados para suceder a Aznar. José Bono es un caso excepcional al que el electorado castellano-manchego le viene renovando su confianza desde 1983. Con ésta son ya cinco legislaturas triunfando en las urnas, marcando en su partido una tendencia contracorriente en muchas cosas que acrecienta su sintonía con el electorado, al tiempo que buena parte de sus correligionarios siguen chupando oposición. Sin embargo, cuando el PSOE eligió entre Zapatero y él, optó por el primero, a pesar de que la máxima aspiración del partido era ganarle elecciones al PP, algo que Bono sabe hacer muy bien. La conclusión es fácil: dos relegados conservados, eso sí, por su buena prensa y gancho entre el electorado han arrasado, abriendo distancia con dos caprichos, dos, de Zapatero y Aznar. |