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| No he podido confirmarlo y, por tanto, no tendría por qué decirlo, pero noto indicios de que cierto experimento podría haberse puesto en práctica en la actual campaña electoral. Podría tratarse de un nuevo fármaco al que le encajaría bien el nombre de Candidatina, de prodigiosos y fulminantes efectos en quien lo toma, generalmente pacientes que se presentan a las elecciones del 25 de mayo. La Candidatina tiene pinta de ser un compuesto de extracto de liantes y esencias de charlatán. Es casi seguro que provoca adicción, pues no son pocos los ejemplares a los que se les aprecia en campaña que están claramente enganchados al lío y a la palabrería. Al ingerir una dosis de este estimulante, la personalidad se transforma y entran ganas, muchas ganas, de ponerse a pedir votos por calles, plazas de toros, mercados, televisiones, emisoras de radio, periódicos, internet y por correspondencia. Sin embargo, la Candidatina produce resultados dispares según sean sus consumidores del PP, del PSOE o de otro partido. A los del PP, nada más llegarles al estómago, les entra una incontinencia terrible y no pueden evitar inaugurar algo al salir de casa, aunque sea la pintura del zaguán de su comunidad de propietarios. Ya en la calle, se ven abocados a colocar una primera piedra donde sea y, si no hay boicoteadores cerca, acaban dedicándole una sentida semblanza literaria a la coalición Llamazares-Zapatero. Si quien toma Candidatina es, en cambio, aspirante del PSOE o IU es muy probable que salga de casa con el mismo ímpetu que Asterix adquiría cuando bebía la pócima mágica, viendo en los seguidores de Aznar una legión de romanos a batir y memorizando, mientras se desplaza al mitin, lo que hay que decir en público: todo va mal, todo va mal, no a la guerra, todo va mal, caña con el Prestige, todo va mal. Pero lo mejor de la Candidatina es que eleva la competitividad y a quien la prueba le da por superar cualquier disparate del rival. |