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| La venta de papaya ha subido en España desde que vino el Papa. Al menos, eso sostienen muchos fruteros, que estiman que han tenido en los últimos días una demanda mayor a la habitual, beneficiándose de la publicidad que ha supuesto el hecho de que se especule con que la mejoría de Juan Pablo II se debe a extractos de esa fruta que se dice le recomendó no sabemos si en cápsulas o pastillas el descubridor del virus del sida, Luc Montaigner, al ser recibido en audiencia por el pontífice. Con la papaya pues, de portentosas propiedades vitamínicas y proteínicas, está pasando igual que con las pamelas para las bodas, que tuvieron su mejor promoción cuando se casaron las infantas Elena y Cristina en ceremonias televisadas y las lucieron las invitadas. Pero la papaya, de ser cierto el rumor, tendría un significado más profundo que las pamelas, sobre todo porque en el caso del Papa conseguiría proporcionar una explicación natural a lo que suponíamos que era un milagro, desmintiendo por tanto esa vieja creencia de que los milagros sólo pueden ser aceptados si son sobrenaturales. En una nota de prensa reciente he leído que la papaya ayuda a digerir la carne, a eliminar parásitos intestinales, a contrarrestar problemas cardíacos y de hígado, y que contiene hidratos de carbono, minerales, ácidos orgánicos. Y claro, así cualquiera se pone al ciento por ciento; incluso Woytila, al que hemos visto pasar años de mala salud, de decadencia física, de temblores y achaques que parecían demoledores antes de su admirable recuperación. Por eso, quizá, cuando en Cuatro Vientos bromeó con los seiscientos o setecientos mil jóvenes que le aplaudían más que a David Bisbal moviendo las caderas y más que a las Spice Girls en sus mejores tiempos, cuando les dijo que él era un joven de casi ochenta y tres años no estaba congratulándose con el público, sin más; tal vez se estaba reconfortando, para su adentros, con el misterio de la papaya. |