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| Hasta ahora el cruce de piernas que más chismorreo provocaba era el de Sharon Stone en "Instinto básico", donde la actriz, con minifalda y sentada ante los policías que le interrogan, cambia de postura dejando en la duda a los espectadores de si lleva ropa interior o no, aunque por la cara que se les queda a los policías en los siguientes fotogramas es casi seguro que no. Sin que sea comparable, estos días se ha popularizado otro cruce de piernas por inoportuno, cruce que a juicio de algunos y algunas ha sido lo único que desentonó con la exitosa visita de Juan Pablo II a España. Lo protagonizó ante las cámaras nada menos que la consorte del presidente de gobierno Ana Botella, que se sentó cerca del Papa colocando un muslo encima del otro, en plan colega y, sobre todo, en prueba de ignorancia del protocolo. Naturalmente la irreverente pose, puede que con intenciones espirituales mal entendidas, ha sido considerada como carencia de educación y buenas maneras. A lo que se ve, delante de un Papa no hay que cruzar las piernas, por mucha autosuficiencia que se posea. Ni aquí ni en el Vaticano. Y así se lo han señalado ciertos comentaristas. Martín Ferrand lo calibró el lunes como una nota de mal tono, añadiendo que la consorte parecía que "estuviera tomando un vermú en el José Luis de Serrano". Y Carmen Rigalt hurgaba en la misma herida el martes. "Seguramente el presidente del Gobierno y su señora observan más los preceptos que los demás mortales, seguramente invocan más veces al Papa y se sienten mejores cristianos. Pero los demás mortales no habríamos cruzado las piernas delante del Pontífice (ni del Dalai Lama), siquiera por respeto a su dignidad y sus años". El caso es que la Botella ha puesto el detalle tonto a un viaje cuya organización ha sido impecable, que es término muy propicio para la Iglesia, teniendo en cuenta que uno de los significados de impecable es "incapaz de pecar". |