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| Para el cuarenta y siete por ciento de
españoles que, según el Barómetro de hábitos de
lectura y compra de libros de 2002 dado a conocer por la
Federación de Gremios de Editores, reconoce que no lee
nunca un libro, el 23 de abril, Día del Libro, no creo
que signifique nada. Seguramente entrará la tentación
de culpar a ese sector esquivo a la lectura de su
indiferencia al producto, que es lo fácil; pero la
reflexión debería ser otra. Que a casi la mitad de
españoles se la traiga fresca un libro, sea que el que
sea y sea de lo que sea, no es más que la constatación
de un fracaso colectivo del que han participado todos,
empezando por los políticos que no acaban de dar con la
fórmula para diseñar planes educativos que estimulen
más a la lectura, siguiendo por los educadores, que a
pesar de sus nobles esfuerzos tampoco llegan a implicar
en la lectura a parte de sus alumnos, y pasando por
padres, editores, autores y hasta críticos literarios.
Con todo, algo debe estar cambiando que invita al
optimismo, si se tiene en cuenta que entre los más
jóvenes encuestados, los que tenían de catorce a
veinticuatro años, había un setenta por ciento de
lectores. Decía Alfred Hitchcock que el cine es una salón de butacas vacías que había que llenar, y esa es quizá una conclusión que habría que aplicar al mundo del libro. Los libros no pueden llenar butacas, pero sí estanterías. Y hay motivos para ello. Romano Guardini, en una conferencia que pronunció en 1948 en la universidad de Tubinga, los consideró particularmente vivos. "Objetos pequeños dijo pero, no obstante, llenos de mundo. Que están allí sin moverse y sin hacer ruido y, sin embargo, dispuestos a abrir en cualquier momento sus páginas y a comenzar un diálogo que narra el pasado, que hace mirar el futuro". |