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| En Grecia los números no siempre son lo que
parecen. Los siete sabios de allí eran, en realidad,
veintidós y los quince de la Unión Europea (UE) han
sido veinticinco tras firmar su adhesión en Atenas los
diez aspirantes que se integrarán próximamente. La
ampliación que se avecina adquiere, por tanto, un
simbolismo especial. Por primera vez la comunidad fundada
en los años cincuenta, animada entonces por Estados
Unidos para evitar que las influencias de la antigua URSS
en el continente acabaran pasándose de la raya de lo que
era Alemania Oriental nación de quita y pon que
sirvió para ambientar después no pocas películas de
espionaje y producir nadadoras olímpicas musculosas,
acaparadoras del medallero, por primera vez, digo,
esa comunidad que empezó con seis socios se parece a la
Europa natural, a la de la Champions y Copa de la UEFA.
En rigor, la UE no ha dejado de ser herencia de la
"guerra fría", con estados del bloque
occidental de la posguerra. Los que fueron países del
Este y dos islas mediterráneas Chipre, Malta
prometen otra geografía. No está mal que esto ocurra, pues no hay duda de que esta es la Europa que imaginaron los que tiraban tejos en el siglo XIX y primer tercio del XX. Cabe consignar entre aquellos cantos de sirena que se quedaron en el aire el de Víctor Hugo "¡Que la próxima revolución sea invencible! ¡Que funde los Estados Unidos de Europa!", o la fundación en Viena del movimiento paneuropeo de los años veinte, o la propuesta de un pacto federal de Estados europeos que formuló en 1929 el ministro de Asuntos Exteriores francés Aristide Briand ante la Sociedad de Naciones, o el "Memorándum" que redactó su director de Gabinete, el diplomático y poeta Saint-Jhon Perse. Hasta nuestro Ortega y Gasset arrimó su cabezón al empeño, proclamando que hay costumbres europeas, usos europeos, opinión pública europea, derecho europeo y poder público europeo. |