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| No hay duda: leer el libro de José
María Aznar "España. La segunda
transición", redactado y publicado en días en que
aspiraba a la presidencia del gobierno, es un
entretenimiento interesante. Hay dos clases de textos de
pensamiento político: los escritos por pensadores a
secas y los que conciben quienes pasan a la acción. A
los primeros les dan o quitan la razón los
acontecimientos; los segundos se la echan a perder ellos
mismos, generalmente con actitudes que no siempre
coinciden con sus reflexiones previas. Ejemplo de
pensador confirmado por los acontecimientos podría ser Huntington,
quien predijo que los conflictos después de la
"guerra fría" vendrían por el choque de
civilizaciones. Lo sugirió antes de que el derribo de
las Torres Gemelas simbolizara una de las versiones de
esos choques posibles: el musulmán/occidental. Ejemplo
de pensador desmentido por la realidad es Fukuyama,
para quien acabada la "guerra fría" se
consumó el "fin de la historia" con el triunfo
de la democracia-liberal. Todavía hoy ponen en
entredicho sus tesis los dictadores que existen en el
planeta. Aznar, como su leído Azaña, es personaje de acción; es decir, de los que acaban negándose. "No concibo otro sistema de valores, modelos de sociedad y de mercado que el basado en el ideal de la libertad", decía en su libro. La frase, como propuesta retórica, tiene acento impecable, y cabe suponer por ello que su apoyo a la guerra de Irak llevándole la contraria al noventa y un por ciento de españoles que dice el CIS que se oponen se basa en ese ideal: en su deseo de libertad para los iraquíes, ayudando a liberarles de un dictador impresentable. Esa es, al menos, la explicación oficial. Hasta aquí, pues, no habría contradicción. Pero ¿se habrá preguntado Aznar qué libertad política ha traído la guerra a los muertos civiles sorprendidos en un supermercado o a los fallecidos colaterales que pasaban por dónde caía una bomba? |