Subvenciones un poco raras

JOSÉ FERRÁNDIZ LOZANO [www.joseferrandiz.com]

1 abril 2003

El revuelo bélico que invade nuestra existencia últimamente tiene también efectos colaterales para quienes no vivimos en Irak, aunque en modo alguno son comparables con las tragedias personales de allí. Uno de esos efectos consiste en que muchas noticias no relacionadas con la guerra pasan desapercibidas, sin más gloria que un breve espacio en los periódicos, a menudo en las partes menos vistosas de la página. "Un empresario desvía una ayuda social de la UE y monta un club de alterne", decía un titular casi ignorado hace días que, sin embargo, aludía a cierta travesura acaecida en Andalucía. Por lo visto, el empresario recibió una subvención comunitaria cercana a los ciento cincuenta mil euros para montar un hotel-restaurante en la provincia de Huelva, pero a los pocos meses cambió de actividad especializando el local en otra cosa, como se deduce del titular, y consiguiendo con ello que la Unión Europea ampliara la gama de sectores económicos subvencionados, convirtiendo los euros públicos en púbicos y destinándolos sin comerlo ni beberlo a potenciar el meneo corporal, que a lo mejor es otra forma de construir Europa y de abrirse a los extracomunitarios, como en el fútbol. Justo es añadir que desde la oficialidad ya se le reclama al empresario la devolución.

¿Qué conclusión cabe sacar del suceso? Pues ni más ni menos que hay costumbres españolas todavía vigentes, y que entre ellas sobrevive una de muy rancia tradición que cuenta con no pocos aficionados: la picaresca. Puede que a los más tradicionalistas les parezca que es uno de esos valores patrios con arraigo, y más considerando la cultura novelesca que provocó en su día, pero sería una manera de entenderlo mal porque la picaresca ni siquiera es ya española; es vergüenza globalizada.