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| El revuelo bélico que invade nuestra
existencia últimamente tiene también efectos
colaterales para quienes no vivimos en Irak, aunque en
modo alguno son comparables con las tragedias personales
de allí. Uno de esos efectos consiste en que muchas
noticias no relacionadas con la guerra pasan
desapercibidas, sin más gloria que un breve espacio en
los periódicos, a menudo en las partes menos vistosas de
la página. "Un empresario desvía una ayuda social
de la UE y monta un club de alterne", decía un
titular casi ignorado hace días que, sin embargo,
aludía a cierta travesura acaecida en Andalucía. Por lo
visto, el empresario recibió una subvención comunitaria
cercana a los ciento cincuenta mil euros para montar un
hotel-restaurante en la provincia de Huelva, pero a los
pocos meses cambió de actividad especializando el local
en otra cosa, como se deduce del titular, y consiguiendo
con ello que la Unión Europea ampliara la gama de
sectores económicos subvencionados, convirtiendo los
euros públicos en púbicos y destinándolos sin comerlo
ni beberlo a potenciar el meneo corporal, que a lo mejor
es otra forma de construir Europa y de abrirse a los
extracomunitarios, como en el fútbol. Justo es añadir
que desde la oficialidad ya se le reclama al empresario
la devolución. ¿Qué conclusión cabe sacar del suceso? Pues ni más ni menos que hay costumbres españolas todavía vigentes, y que entre ellas sobrevive una de muy rancia tradición que cuenta con no pocos aficionados: la picaresca. Puede que a los más tradicionalistas les parezca que es uno de esos valores patrios con arraigo, y más considerando la cultura novelesca que provocó en su día, pero sería una manera de entenderlo mal porque la picaresca ni siquiera es ya española; es vergüenza globalizada. |