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| La figura de la suegra ha tenido siempre mala prensa, incluso cuando no había prensa. Se le han dedicado refranes, chistes, ataques sin piedad, regodeos, miradas que matan de sus nueras y yernos y, por si fuera poco, se les llama madres políticas, como si se quisiera afianzar con ello su desprestigio. A las suegras se les atribuyen, además, no pocas separaciones matrimoniales de hecho, aunque no de derecho. Al menos hasta ahora, pues ya se ha dado el caso jurídico de lo que tenía que llegar. Una casada del sur de Italia en trámites de separación pronunció, según la agencia Reuters, esta declaración ante el tribunal: "Mi marido era el esclavo de su madre, dependía de cada palabra que dijera ella mientras que criticaba todo sobre mí, mi maquillaje, mi dieta, la forma en la que educaba a mi hija". Lo que tiempo atrás tal vez no hubiera pasado de ser una queja en la sala, más o menos creíble, en esta ocasión ha condicionado la sentencia, que ha concedido a la víctima el divorcio, la custodia de su hija y una buena pensión al considerar probada la "interferencia excesiva e inapropiada" de su suegra. El suceso, no cabe duda, viene a aumentar la leyenda negra de las suegras, leyenda que ha tenido momentos sublimes, como el de aquel macabro anuncio de una funeraria de Chicago de los años veinte que nos ha recordado Luis Ignacio Parada en un reciente artículo: "Si su suegra es una joya aquí tenemos el estuche". Pero el refranero español, sin ir más lejos, ya les había dado notable protagonismo, mucho antes que lo de Chicago. El marqués de Santillana salvó de su tiempo éste refrán, que al parecer se decía cuando concurrían muchos a calentarse: "No cabemos al fuego y parió mi suegra". El recopilador Hernán Núñez censó este otro: "Obra comenzada, no te la vea suegra ni cuñada". Y Gonzalo Correas registró varios, uno de ellos de antología: "En cuanto fui nuera, nunca tuve buena suegra; y en cuanto fui suegra, nunca tuve buena nuera". |