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| Es en la novela "Corazón tan
blanco", de Javier Marías, donde puede
leerse una curiosa escena entre dos representantes
políticos de España y el Reino Unido. El alto cargo
español es un hombre, la del Reino Unido una mujer; y
junto a ellos dos intérpretes también un hombre y
una mujer, para compensar el equilibrio sexual de la
sala dispuestos a traducir. La diplomacia es así.
A veces no caemos en que la fuerza no la tienen los
políticos sino los intérpretes. En esa gozosa escena,
tras unos momentos de silencios largos en los que parece
que ningún alto cargo es capaz de entrar en materia con
decisión, el intérprete cambia el sentido de la
conversación, sobre todo cuando el político español
pregunta a su igual británica algo tan cortés como
"¿Quiere que le pida un té?", pasando a ser
traicionado por su traductor que, al dirigirse a la
destinataria de la pregunta, sustituye esta frase por
esta otra: "Dígame, ¿a usted la quieren en su
país?". La conversación discurre a partir de ese
momento por derroteros imprevistos, naturalmente con la
complicidad de la otra intérprete, que acepta el juego.
Ya lo dicen los italianos: toda traducción es una
traición. Como el planeta está que arde con todo esto de Irak, Bush, Saddam Husseín, las resoluciones, el petróleo, las bombas nuevas y el Consejo de Seguridad de la ONU, y como no hay manera de que entre diplomáticos profesionales, presidentes nacionales y ministros de asuntos exteriores haya acuerdo cabal sobre la crisis, a mí me gustaría que se tomaran el asunto más en serio los intérpretes, a quienes se me ocurre invitar a que le den la vuelta al calcetín de la tensión mundial. Con la de idiomas que se barajan en la ONU, algunos exóticos, y leyendo esa escena que se ingenió Marías para su novela, uno piensa que es posible y hasta sospecha que podría ser más efectivo que las manifestaciones, consignas y pegatinas en la solapa. Todo es probar. |