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| A lo que se ve, faltan agallas para que las
televisiones de este país se pongan de acuerdo y acaben
con la fauna del famoseo: ese famoseo que aumenta
audiencia y publicidad o sea, ingresos pero
que a la sociedad sólo le aporta intrascendencia, tetas
de silicona y estulticia por un tubo. No diré que es
famoseo barato porque sus asiduos cobran y bien. Se
cotiza alto el chascarrillo y el careo bronco, y aunque
dudo que de eso quede algo de mérito en el futuro, el
caso es que los directivos de televisión han ido mucho
más allá con tal de consolidar la experiencia: pagan
por las trampas, por los montajes amañados; es decir,
pagan por engañar al telespectador, a sabiendas de que
lo aguanta todo. No hay ética que valga. Si la mentira
se acompaña de vocerío, insultos, chulerías,
interrupciones y amenazas, avivadas a veces por los
colaboradores de las tertulias rosáceas a quienes se les
indica por vía del pinganillo de la oreja cuándo tienen
que calentar el ambiente, tanto mejor. No importa lo que
cueste. Hay presupuesto. Todo esto merecería indulgencia si, al menos, los dichosos programitas no influyeran en la sociedad. Pero tenemos que esas conductas empiezan a ser imitadas con normalidad. Tenemos que lo soez no es ni siquiera exclusivo de la televisión, tenemos que llega incluso a cargos públicos, afectando por lo pronto a los políticos menos cultivados. Leo con pavor una crónica en la que se dice que el alcalde de Alicante, Luis Díaz Alperi, soltó la lengua en un acto de su partido conmemorativo del Día Internacional de la mujer trabajadora. Por lo que cita el redactor de la noticia, parece ser que regaló a la audiencia un fino comentario al más puro estilo Matamoros. "¿Por qué no nos preguntamos por qué el insulto más utilizado es hijo de puta y no hijo de cabrón?", pronunció con oratoria sublime el excelentísimo señor alcalde, como si se estuviera entrenando para ocupar hueco en la mesa de Crónicas Marcianas, con Boris y Sardá. |