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| No hay totalitarismos de izquierdas ni de
derechas. Los totalitarismos no tienen apellido. Tienen,
eso sí, un esquema común, una escenografía común:
partido único, culto al jefe, propaganda oficial por los
cuatro puntos cardinales, veto del contrario al que
a veces se le retira y por encima de todo el
Estado, como le gustaba a Mussolini: "Todo en
el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el
Estado". Lo dijo el italiano, sí, pero pudo haberlo
suscrito Stalin, esa calamidad histórica que hace
estos días cincuenta años que murió. Para quienes gustamos de la libertad de pensamiento y expresión, Stalin difícilmente puede ser un caso salvable. Que combatiera al nazismo no oculta las purgas que, bajo su mandato, se consumaban en la URSS, dejando sin vida a unos cuantos que, incluso dentro del régimen, eran sospechosamente críticos con su política. Tampoco oculta la creación de esos campos siberianos a los que se enviaban disidentes; los mismos campos que describió Alexander Solzhenitsin en su "Archipiélago Gulag", en cuyas páginas narró casos reales estuvo allí desde 1945 a 1953 y denunció las extorsiones que era capaz de ejecutar la Dirección General de Campos de Concentración (la "Galavnoye Upravlenie Laguerei" en ruso, organización conocida por su acrónimo GULAG) Este libro testimonio, que naturalmente fue muy aclamado en los países no comunistas, contrastaba con lo que algunos intelectuales occidentales admiradores de aquella URSS estaliniana habían creído; pongamos por caso al despistadísimo Jean Paul Sartre, que aseguraba que la libertad de crítica en la URSS era total, a más de negar la existencia de campos de concentración. Incluso llegó a reprochar a Jruschev la exposición de su "informe secreto" en el XX Congreso del Partido Comunista de la URSS de 1956, donde el nuevo "líder" soviético denunciaba los crímenes de Stalin e invitaba a la desestalinización. |