César contra Cervantes

JOSÉ FERRÁNDIZ LOZANO [www.joseferrandiz.com]

22 febrero 2003

Fue uno de los periodistas más leídos y conocidos de España desde los años treinta hasta su muerte en 1965. Hoy, como suele ocurrir con tantas eminencias pretéritas, no es más que un personaje olvidado del que ha pasado, seguramente, su tiempo. Hablar, de pronto, de César González Ruano puede requerir, incluso, una explicación. Y si algunos lo hacemos hoy, o estos días, quizá tengamos que reconocer que es por vicio a los centenarios: nació en Madrid el 22 de febrero de 1903.

De González Ruano quedan artículos dispersos por las hemerotecas; artículos que a casi nadie interesan, salvo a los rastreadores de historias. Y queda la imagen del personaje que nos él dejó en sus memorias y la que nos dejaron otros. Fue, por ejemplo, ese hombre que escribía a diario sobre una mesa del madrileño café Gijón; y fue, también, el señor cabreado con los organizadores del primer premio Nadal de novela en 1944 porque no se lo dieron, después de pasarse horas y horas escribiendo sobre un velador de un chiringuito de Sitges confiando en sus amigos del jurado, que optaron por ser justos y dárselo a "Nada ", de Carmen Laforet. Y fue, en definitiva, el intérprete de su primer gesto sonado a los diecinueve años, cuando era poeta ignorado y estudiante de Derecho. Sin mediar preaviso de sus intenciones, solicitó la sala del Ateneo de Madrid para pronunciar una conferencia sobre las vanguardias. Se le concedió y consumó su provocación: "Estoy harto de oír aquí a una serie de memos hablar del idioma de Cervantes. Ese Cervantes parece que era un manco, cosa que se confirma, porque el Quijote está escrito con los pies". No pretendía más que llamar la atención. Por eso el revuelo –a la larga, uno de los más comentados de su leyenda– resultó muy de su agrado. Hasta el cierre de su vida le salió redondo: el día de su muerte se publicaba un artículo suyo en el que decía que "morir no es sino perder la costumbre de seguir viviendo".