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| Nadie como Augusto Monterroso habrá
logrado con tanta precisión la brevedad. Naturalmente,
tras su muerte lo que más se recuerda es su cuento
"El dinosaurio", el relato más breve de la
historia, resuelto con siete palabras: "Cuando
despertó, el dinosaurio todavía estaba allí".
Pero es algo injusto que del diminuto Monterroso
(diminuto en lo físico) sólo se hable para mencionar su
diminuto relato que se lee de tirón, salvo en el caso de
una ministra española que ejercía el cargo cuando le
entregaron al escritor el Premio Príncipe de Asturias de
2000. La ministra necesitó más tiempo, a juzgar por la
versión de Luis María Anson, testigo de una
tertulia de sobremesa tras acabar la entrega de los
premios. "Y a ti ¿qué te ha gustado de Monterroso?
¿O qué te ha disgustado?", preguntó una de las
contertulias a la ministra. "Pues todo, me gusta
todo en general; es un gran escritor", reconoció
ésta. "¿Te habrá divertido leer El
dinosaurio?", siguió indagando la contertulia, a lo
que la ministra aclaró: "Precisamente lo estoy
leyendo ahora. Empecé el fin de semana pero con tanto
ajetreo, voy por la mitad". Monterroso es más que "El dinosaurio". Yo propondría, a quien no le ha leído, "La oveja negra y demás fábulas". De vez en cuando, rescato mi ejemplar del estante, lo abro y leo una fábula. En este libro, de muy sabia ironía, hay para todos. Abro y veo que hay para los maniáticos del protagonismo, para quienes parece escrita "La rana que quería ser una rana auténtica", donde una rana está dispuesta a cualquier cosa para que opinen bien de ella; hasta el extremo de dejarse arrancar las ancas con tal de que las coman y oír decir "qué buena rana". Leo esta fábula y pienso en muchos políticos. Abro por otro sitio y veo que hay también para los belicosos y violentos: "Hubo una vez un rayo que cayó dos veces en el mismo sitio; pero encontró que ya la primera había hecho suficiente daño, que ya no era necesario, y se deprimió mucho". En fin, que no tiene desperdicio. |