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| El acto más esclarecedor en España sobre
la previsible guerra en Irak fue la sesión que tuvo
lugar en el Congreso. ¿Esclarecedor?, dirá usted. Pues
sí, le explico por qué. En la sesión evito
llamarle debate se oyeron argumentos a favor y en
contra de quienes intervinieron. Creo que después de eso
Aznar queda obligado a reflexionar. Ignoro si el
presidente tiene razón o no, ignoro si Zapatero y
el resto de la oposición, al negarle adhesión, tienen
razón o no. A lo sumo, no alcanzo más que a reconocer
confusión. No dispongo de servicios secretos propios ni
me ponen al corriente los espías, no recibo informes
sobre secretos militares. Uno no es ni Blair, ni Bush,
ni Powell, ni Sadam, ni inspector de la
ONU, ni premio Goya. Uno no maneja información
privilegiada. En consecuencia, no me es posible sostener
una opinión fiable. Me reconozco, además, en desventaja
con el resto de ciudadanos, a quienes sí veo enterados.
Lo malo que tiene vivir en un país de listos donde todo
el mundo sabe por qué tiene la razón Bush o no la
tiene, o por qué la tiene Sadam o no la tiene, es que a
los que no estamos a la altura se nos nota. Como mucho, veo en Sadam un dictador y en Bush un mediocre. Los dictadores no son de fiar, los mediocres tampoco. Sin embargo, sí alcanzo a saber que en nuestro Congreso se sientan los elegidos por los votantes. Por eso considero que la sesión fue relevante. Porque una guerra es una cosa gorda, una cuestión de Estado que exige sacrificios a la población del país que se mete en ella: sacrificios humanos, sacrificios económicos, aunque se libre a distancia. Puesto que somos tan demócratas, el gobierno de un país no agredido no debería decidir su participación por mayoría, sin más; no debería integrarse en una guerra sin consenso amplio. Detrás de Aznar y su gobierno hay votos que lo legitiman, pero detrás del resto de portavoces también. Y una guerra es la cuestión de Estado más extrema. |