Dejemos la guerra en paz

JOSÉ FERRÁNDIZ LOZANO [www.joseferrandiz.com]

8 febrero 2003

El acto más esclarecedor en España sobre la previsible guerra en Irak fue la sesión que tuvo lugar en el Congreso. ¿Esclarecedor?, dirá usted. Pues sí, le explico por qué. En la sesión –evito llamarle debate– se oyeron argumentos a favor y en contra de quienes intervinieron. Creo que después de eso Aznar queda obligado a reflexionar. Ignoro si el presidente tiene razón o no, ignoro si Zapatero y el resto de la oposición, al negarle adhesión, tienen razón o no. A lo sumo, no alcanzo más que a reconocer confusión. No dispongo de servicios secretos propios ni me ponen al corriente los espías, no recibo informes sobre secretos militares. Uno no es ni Blair, ni Bush, ni Powell, ni Sadam, ni inspector de la ONU, ni premio Goya. Uno no maneja información privilegiada. En consecuencia, no me es posible sostener una opinión fiable. Me reconozco, además, en desventaja con el resto de ciudadanos, a quienes sí veo enterados. Lo malo que tiene vivir en un país de listos donde todo el mundo sabe por qué tiene la razón Bush o no la tiene, o por qué la tiene Sadam o no la tiene, es que a los que no estamos a la altura se nos nota.

Como mucho, veo en Sadam un dictador y en Bush un mediocre. Los dictadores no son de fiar, los mediocres tampoco. Sin embargo, sí alcanzo a saber que en nuestro Congreso se sientan los elegidos por los votantes. Por eso considero que la sesión fue relevante. Porque una guerra es una cosa gorda, una cuestión de Estado que exige sacrificios a la población del país que se mete en ella: sacrificios humanos, sacrificios económicos, aunque se libre a distancia. Puesto que somos tan demócratas, el gobierno de un país no agredido no debería decidir su participación por mayoría, sin más; no debería integrarse en una guerra sin consenso amplio. Detrás de Aznar y su gobierno hay votos que lo legitiman, pero detrás del resto de portavoces también. Y una guerra es la cuestión de Estado más extrema.