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| El cine español tiene el ánimo a la baja
tras conocerse que en 2002 la taquilla de producciones
nacionales descendió respecto a 2001: ocho millones de
espectadores menos, 35 millones de euros menos de
recaudación. El primer sentimiento que a uno le asoma es
el de decepción. El segundo es de sorpresa. Decepción
porque, al fin y al cabo, esos productores, directores,
guionistas, actores y técnicos son los nuestros, y uno
siempre desea que los suyos destaquen. Sorpresa porque,
después de leer a tantos loadores cinéfilos de este
país, uno se asombra de la frecuencia con la que se
ruedan en España obras de antología. Podría añadir un
tercer sentimiento: el de preocupación. Preocupación
porque si al cine español no le dejamos más euros en
taquilla es casi seguro que sus productores reclamarán
subvenciones, castigándonos a pagarles como
contribuyentes. Ante el problema, hay profesionales del cine de por aquí que acostumbran a quejarse de que los espectadores sí sacamos entrada, en cambio, para ver "americanadas". Y para combatir esta injusticia se promueven iniciativas tan peculiares como el festín de los Goya, imitación de andar por casa de los americanísimos Óscar que aspira a que los títulos agraciados mejoren el taquillaje. Hasta el "glamour" de nuestras estrellas sobre terreno patrio semeja el contoneo de los de Hollywood. Supongo que nuestros hombres y mujeres de cine no tienen todavía claro dónde reside el problema; pero ya que hablamos de "oscars" e imitaciones cabe esperar que no les dé por imitar a Óscar Wilde cuando le silbaron una pieza teatral y al día siguiente alguien le preguntó, con el malsano propósito de incomodarle, qué tal había estado el estreno. "La obra muy bien, el público muy mal", se defendió Wilde. No sería afortunado vengarse así de los espectadores; o mejor dicho de los no espectadores. Igual el truco está en rodar buenas películas. FIN. |