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| Hace poco leí un artículo de Javier Monjas sobre la oficina virtual que ha estrenado Correos, esa que sirve para enviar cosas desde el ordenador. "No inventan mucho", decía. "Remitir un certificado a través de Correos ya era suficientemente virtual puesto que podía desmaterializarse por el camino y esfumarse su rastro". Lo virtual, ya se sabe, es lo que no se puede tocar, lo que imita la vida, lo que no es real. Tengo una pareja de vecinos madrileños, celtíberos, residentes en Alicante que también conocieron la virtualidad postal antes de inaugurarse la oficina "on-line". Se ve que Correos estaba de pruebas, y la primera a la que les sometió consistió en que ella bajó de casa una mañana a las 11:15, abrió el buzón y halló un aviso para que pasara a recoger un envío en la oficina postal más cercana. En el aviso, el cartero anotó que había pasado a entregarlo a las 11:30. Y claro, eso de que semejante lince supiera antes de las once y cuarto que la destinataria no iba a estar a las once y media tiene su misterio. La segunda prueba fue más severa. Se trataba de enviar en diciembre de 2001 un paquete a Rusia, a un niño que habían tenido acogido en casa. ¿Desaparecería el paquete? Lo previsible era que sí, pero como nadie escarmienta lo enviaron con el más difícil todavía: que los servicios postales rusos lo entregaran. El paquete desapareció y se hizo virtual. El niño no lo recibía, el remitente reclamó y Correos se comprometió a contestar. Luego el niño llamó, confirmando que ya lo tenía; pero la contestación de Correos no llegaba, tal vez por falta de noticias rusas. Hasta que el 13 de enero de 2003 zumbó el telefonillo de mis preclaros vecinos y recibieron este telegrama: "Ref. Reclamación hecha por vd. sobre paquete postal para Rusia. Dicho envío figura entregado al destinatario con fecha 11/01/02 según nos comunica la administración de destino." Como son buena gente, se lo tomaron como un homenaje. Naturalmente virtual. |