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| De todo lo que se ha dicho sobre los
méritos de Arturo Pérez-Reverte para entrar en
la Real Academia a sentarse en el sillón "T",
me quedo con lo que pronunció el secretario de la
institución que limpia, fija y da esplendor, Domingo
Ynduráin: "Ha aficionado a la lectura a miles
de lectores y los ha encaminado por el mundo de la
literatura, en unas circunstancias que no son las mejores
para los textos escritos". Cuando se puede aseverar
en público algo así no hace falta añadir mucho más. Y
menos de alguien que pasó sin traumas de contar
batallitas como corresponsal de guerra a narrar ficciones
como novelista, de alguien que se precia de haber estado
en Kuwait cubriendo la guerra del Golfo, entre pozos de
petróleo en llamas, llevando en su mochila un tomo de
Dumas. Pérez-Reverte, además, cuidó la escenografía para esta ocasión de la Academia. Y se fue al café Gijón, con acompañantes de la editorial Alfaguara, a esperar los acontecimientos; o sea, la votación de sus futuros colegas. Esas cosas siempre quedan para la historia y les gusta mucho contarlas a los historiadores de la literatura. Lo que resulta un poco tonto, en cambio, es que aparezcan admiradores que aprovechan su acercamiento con la excusa de dar la enhorabuena para propinar preguntas ridículas e innecesarias, como se lee en una de las crónicas publicadas, que habla de una joven que en medio de la celebración preguntó a Pérez-Reverte qué hay que hacer para escribir. El ya seguro académico, avalado por cinco millones de ejemplares vendidos de sus obras, correspondió con el consejo de rigor: "Leer mucho y romper muchísimo". Le faltó al cartagenero añadir otro consejo: el de no ir preguntando por ahí qué hay que hacer para escribir, que es más o menos lo que, en versión musical, aconsejó Mozart a quien le preguntó un día qué le convenía hacer para ser un gran músico. Artículo relacionado: Pérez-Reverte en la Academia (Información, 4-1-2003) |