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| Un científico estadounidense defiende que
el origen del pecado es biológico y tiene su razón de
ser en los genes. El hallazgo, de ser cierto, puede ser
uno de los grandes descubrimientos de la humanidad, pues
nos va en ello entender mejor por qué nos gusta tanto el
disfrute pecaminoso. Ya observó Quevedo que el pecar es
tan propio del hombre que quien aborrece el pecado
aborrece al hombre. Y, más que maldad, lo que ocurre es
que preferimos morir voceando eso de que me quiten lo
"bailao". Se me antoja que las teorías del tal científico merecen reflexión. En la Edad Media ya le hubieran pasado por la hoguera, dejando la plaza oliendo a chamusquina biológica. No en vano, su tesis deja sin validez algo tan socorrido como el arrepentimiento, salida que ahora sabemos que es una gran mentira si el que se arrepiente no se deja reparar antes el código genético. Por otra parte, el hallazgo pone en aprieto a las religiones, que son las que inventaron el pecado. Y ahí sí que se puede armar la de Dios; nunca mejor dicho. Pecar, a más de práctica muy arraigada, ha sido siempre un misterio; aunque en lo sucesivo nos acostaremos más tranquilos y en paz con nosotros mismos sabiendo lo que opina la ciencia. Es decir que si en algún momento nota usted que empieza a desear a la mujer del prójimo o al marido de la prójima no se alarme creyéndose que es vicio. En realidad lo que estará viviendo en esos momentos es una sensación provocada por la química reacción que, según instruye el biólogo de marras, desencadenan cuatro sistemas fisiológicos de once regiones del cerebro y una treintena de mecanismos bioquímicos distintos apoyados por no sé cuántos centenares de genes específicos; un retortijón biológico, vamos, que a nosotros nos parece puro vicio pero que tiene pinta de ser una cosa más científica. Por eso, a partir de ya, en los genes llevamos la penitencia. |